lunes, 17 de agosto de 2020

 

En la puerta

Jorge Abel Carmona Morales

                                                                                  La virgen, Klimt

Venían, habían cruzado la cuchilla sin reparar en la agresividad de ese terreno arropado por la lluvia de una noche sin luna. Yo, los divisé desde el patiecito de mi casa, cuando escuché los ladridos del perro y enseguida entré corriendo para avisar a mis padres. Remontaron la montaña y al cabo de unos cuantos segundos, sus botas de cuero ya estaban torturando la madera del piso. Mi hermano se escondió en el hueco que usábamos como caleta cada vez que venían visitantes, sin saber de qué bando porque afortunadamente mi madre y mi padre estaban en orillas políticas distintas, de modo que el liberalismo de mi madre atajaba a los pájaros y el conservatismo de mi madre atajaba a los chulavitas. Por eso mientras que mi padre estuvo en condiciones de salir a la puerta cada vez que llegaban los godos, no tuvimos mayores alarmas. Mi madre siempre los atendía con la comida del campo y con las mercancías que traíamos del pueblo.  Yo en cambio, tenía la costumbre de salir al encuentro de quien solicitara algo, ahora que los cientos de mendigos arribaban a la casa después de recorrer los caminos pedregosos de esa tierra mía. Cuando llegaron preguntaron por “misalvita”. Yo miraba los rostros de los hombres, los vestidos raídos, las escopetas desgastadas, el pelo reseco de tanto recibir el sol tenue y la expresión aturdida sin esperanza alguna.  Ahora lo sé, ese “misalvita” había ganado el duelo a la muerte, por la fortuna de convivir con una mujer arrojada al mundo de rojo que ahora luchaba por el equilibrio de esa conciencia ida. Comieron, bebieron, se fueron satisfechos de tanta hospitalidad, sabiendo que la próxima vez aquel hombre gordo ya no estaría para tener, de una vez por todas, la libertad de acabar con este ejército de liberales. Pero mi padre había muerto la noche anterior. Yacía en una pieza contigua, vestido con el traje de matrimonio, alumbrado con velas y con su cara engrandecida por el espejo del fuego sobre la pared y sin vida y con el corazón quieto, en tanto nosotros teníamos el alma en suspenso por miedo a que nuestras propias vidas se acabaran en aquel momento. Advertidos de todo, nosotros planeamos las palabras, cómo debíamos actuar frente a un ejército de delincuentes que asolaban las veredas, matando a quienes no decían pertenecer al partido de godos. No sé cómo se dieron cuenta, pero sí sabíamos que venían expresamente a dejarnos una amenaza.  En el papel estaba la sentencia. Teníamos 48 horas para despejar la finca. Nada más. La amenaza revivió el miedo que me hacía temblar. Yo siempre lo retuve para evitar una aflicción más. Sobre todo a ella, a quien más vulnerable veía.  Recuerdo la angustia que se reflejaba en la cara de ella. Empacamos. Mi hermano quedó en mi mente como una luz titilante, una advertencia y una esperanza. Mi hermana mayor nos acompañó,   éramos mi hermanita y  yo. Éramos tres, luego de haber sido más. No la vi más. Ignoro si murió en el sanatorio o si tuvo que enterrar a su único hijo, prueba certera de que mi destino no podía sobrepasar la soledad de mi tristeza. Vivo aquí. En una ciudad grande. Vivo aquí, en una casa de madera, en las márgenes de un lugar triste. La nostalgia me embarga y el miedo por regresar nunca se ha ido.

miércoles, 12 de agosto de 2020

                                  

 

La carta y la lanza

Jorge Abel Carmona Morales

                                      El entierro del Conde de Orgaz, El Greco


La lanza entró por el costado izquierdo. No lo vio venir. Ese soldado fue el último que sintió antes de abandonarse al sueño del fin de la lucha. Esta guerra lo había mellado tanto que no sintió ganas de emprender una nueva batalla, aunque en el fondo sabía que su cuerpo se recuperaría pronto para seguir las órdenes del coronel. Durmió como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo; el día anterior soñó que le había salvado la vida al general, y en esa gesta, los compañeros de armas le habían hecho un homenaje que jamás olvidaría. Ahora prefería no atiborrar su mente con imágenes tan diversas.  El sosiego era lo único que añoraba y el silencio de las noches durante su larga estadía en aquel valle, le parecieron un hermoso premio. A Roa lo conocía por referencias de otros soldados que lo habían tenido como compañero de trabajo en Ciénaga, cuando ese monstruo de piedra había aplanado el valle   sin dejar un milímetro de campo libre para que los campesinos sembraran la tierra. Debía matarlo sin que nadie tuviera la más mínima sospecha de quién era su autor intelectual. Al general no podía negarle nada, ni la muerte de alguien que no conocía. Todo era por la patria, todo se definiría entre los dos un mediodía frío como los que suelen sucederse en esa sabana que apenas empezaba a poblarse luego de la agitación de la década pasada. El poeta cantaba los versos más fervorosos del mundo, con toda la gente mirándole y la ciudad repleta de buenas personas al otro lado de la plataforma. Los rascacielos de vidrio le recordaban un templo soñado por uno de sus amigos, un día ya lejano que ni su memoria acertaba en especificar. Los letreros azules corrían por las pantallas y los hombres y las mujeres transitaban por el aire en esas motos alocadas. Llegaría pronto a su apartamento y tomaría ese libro de historia sin mirar a los lados, esperando que el sueño lo catapultase a otra época. Ahora vería que sus coterráneos por fin colonizarían el cielo, saliendo de este minúsculo confinamiento luego de haber agotado los recursos de vida. Los versos elevarían esa historia tortuosa en un canto de buenas razones hasta que esta nueva casa ya no diera más. En ese castillo se habían reunido los soñadores. Proyectaban construir un imperio, partiendo de las cenizas que la guerra había dejado en los millones de habitantes de un país descompuesto. Había que erigir un pueblo, había que edificar un Estado. Se hacía necesario dar esperanzas a quienes ya no la tenían por los avatares de la destrucción. En esta reunión de aforados, el sueño de formar un hogar saludable para los que nunca tuvieron descanso, se le hizo la única misión en su vida. Lo vio en un sueño, supo que esa carta soñada que las musas le habían entregado en una noche apacible, sería el comienzo de este inmenso proyecto. Al despertarse recordaba una a una las palabras. Y a eso se consagró hasta que la muerte lo sorprendió sin que pudiera recitar aquellos versos.


lunes, 3 de agosto de 2020

Tlön Uqbar Orbis Tertius


Y si mueres otra vez

Jorge Abel Carmona Morales


                                                                                     

Magritte, "Asesino amenazado"

Lo conoció. Lo reconoció en la penumbra de la habitación, desolada y entristecida por ese invierno prolongado que hasta ahora sólo le había removido la nostalgia de vidas pasadas. Pero no. Era la misma vida repetida mil veces o quizás más. La primera vez lo vio temblando de frío, detrás de la mampara azul, sin saber quién era, por qué, en esa recepción de hotel lujoso, no disimulaba su desenfadado estar, ante la contemplación fiscalizadora de los dependientes. Después, tal vez, tres siglos pasaron, cuando lo vio deslizarse por ese tobogán excesivamente zigzagueante, con el pelo recogido, sin que los hombres y mujeres que llenaban aquella piscina gigantesca, se percataran de semejante regocijo. Y así lo siguió viendo, una y otra vez, siempre detrás de un vidrio rugoso o de una pared embutida en alguna esquina de una gran ciudad. O dormido en una cama grande, con señales de un sueño fugaz que llegaba en las tardes o en las madrugadas. Ahora, venía con muestras de un largo forcejeo con el tiempo, con las marcas indelebles de la guerra que lo habían cogido sin percatarse de que ese hombrecillo no tenía la más mínima idea de cómo se mataba a alguien. A pesar de los cambios de época, sus facciones seguían igual, él era ese tipo de hombre que puede encontrarse con uno y sigue siendo igual, por la forma, por su ropa, por sus ademanes, por sus movimientos torpes y sobre todo por esa mirada libre de ambiciones o de miedo o de prevenciones contra los otros. Esa alma pura rejuvenecía cada vez que se encontraba con ella. Y eso, precisamente eso era lo que no le permitía acercarse. Alguna vez estuvo a punto de dirigirle la palabra, en medio de un tiroteo pertinaz que los españoles perpetraron contra los pocos ingleses que habitaron estas tierras manchadas por el oprobio y la falta de humanidad. Como tantas veces, el dolor de un lamento o la pérdida de un ser que no representaba para ella ninguna empatía, le remordía el alma. Con las palabras atrancadas en la boca, decidió contener el caudal de ideas que debía expresarle, ese había sido su destino por los próximos siglos, aunque la desdicha de no vencer el temor de enfrentar esa pasión secreta, terminara por ganarle, terminara por decirle que a un hombre que se ha amado toda la vida, no puede hablársele de cualquier modo. Nunca sucumbió a la ligereza de sus emociones. Con el tedio de los años, se le acumularon las ganas y los recuerdos pero no pudo rescatar su soñada valentía, la de los cuentos de hadas o la de esas historias que vio zurcir a las hermanas Bronte  en su país de ensueño. Allá, en ese corazón carcomido por la desesperanza de no haberse ganado la muerte, se acometió un designio, vivir sin apegos, haciéndole el quite a las emociones, para no involucrarse con quien, en algún momento, habría de padecer la mortalidad. Pero ese muchacho no. Era distinto cada vez, pero su aura seguía siendo la misma. Ante tanta insistencia, su alma desbarajustada optó por construir un pequeño pedestal de confianza en los seres humanos. De tantas muertes y de tantas vidas que pasaron por la suya, era ésta, la que no cambiaba. Tantos seres y tantas personalidades no reblandecieron sus expectativas. Había decidido confiar en sus instintos, pero su espesura de razón, siempre la terminaba poniendo en el lugar preciso, allá donde el porvenir se había convertido en un eterno presente. Una vez, lo vio envuelto en sábanas rojas de modo que no sabía si su sangre se había confundido con aquel color o tal vez, estaba intacto y solo había muerto de muerte natural como las personas normales.  Eso era imposible, vivía y moría por siempre mientras ella vivía todos los días, sin cambio, sin sensaciones nuevas, con la desazón metida en los huesos como una lanza que la hería poco a poco sin terminar de matarla.  Lo reconocía. Era él. Lo olvidaba, pero también recordaba que algo en ella se removía, mientras la silueta intempestiva del joven se le aparecía. Cada nuevo cuerpo no podía dejar de enternecerla, ni el cambio de perspectiva, según el siglo o según la década, de algún milenio perdido en la historia tenía la destreza de ocultarle las entonaciones de aquella sinfonía que componían ese espíritu infinito para ella. Se miraron, sus ojos azules habían destellado bajo el refulgente sol de verano, tal como un día lo habían hecho en esa emboscada católica contra sus hermanos los protestantes en la noche de San Bartolomé. Desfalleció, murió en sus brazos y sus ojos no se cerraron.  El dolor sólo pudo encender un nuevo comienzo. No sintió pena por su ida, sólo sintió que viviría con un solo interés, asistir a su hermoso mancebo en cualquier momento y en cualquier lugar mientras le llegaba cada nueva muerte. A eso se consagraría como una marchante que espera llegar algún día a su destino.


miércoles, 15 de julio de 2020


Ay Chavela, Chavela, Chavela


Chavela Vargas vivió como quiso, nació donde quiso, amó a quien quiso y se murió cuando quiso. “Llévame pronto a México que allá me quiero morir, porque anoche estuvo mi amiga por aquí queriéndome llevar del todo”, le exigió a su mánager, luego de haber estado una temporada muy productiva en Europa. Ella, sigue siendo la cantante más querida de México a lo largo del mundo. Su voz y su entrega en los escenarios siempre dejaron huellas; quienes la conocieron quedaron encantados con esa personalidad arrolladora, sin querer agradar a nadie sino agradando de entrada a todos. “El amor no se escoge, no va uno a la Universidad para querer a alguien, simplemente quieres a otra persona y ya”, dijo en varias entrevistas a las que siempre contestó con la máxima gallardía posible a periodistas puntillosos que querían indagar por su sexualidad. Todos pensaban que Chavela había muerto, la gente no sabía que el alcohol la sumergió en el río del olvido por 12 años, hasta que unas empresarias la revivieron con el fin de que cantara en un pequeño bar, donde la algarabía y la sorpresa por ver a esa insignia de la música mexicana, se hizo patente.  En París, un tal Pedro Almodóvar organizó una velada para ella en el templo del espectáculo, El Olimpia, su temor era que nadie llegara a ese inédito recital, pero la enjundia de aquel director que llamó a cuanto amigo pudo, colmó las entradas. Otra vez Chavela la había hecho. Y en Madrid, Almodóvar otra vez y Miguel Bosé, incondicionales admiradores de ella asistieron a su última presentación europea, donde se ganó el corazón de España. Y el muerto viviente no paró. Llegó a la ciudad capital mexicana y allí abarrota Bellas Artes, lugar que nunca conquistó hasta ese momento. Ya el tiempo, el cansancio y la visita de su amiga, le habían mellado el cuerpo.
Esa es la vida pública de Chavela, descrita en este documental del año 2017, que ya se encuentra en Netflix y que muestra la vida de este hermoso ser humano, transgresor de la moral y de los principios machistas de un país hipócrita que en público permite las declaraciones y los actos enrevesados, pero en privado condena ciertas actitudes personales.  Sus directoras son Catherine Gund y Daresha Kyi. Ellas aciertan en las entrevistas al personaje central de la obra y a su círculo cercano, entre ellas, su última amante y su empresaria, así como la escritora Betty-Carol Sellen, personas estas que hablan de la artista, sin ninguna traba. A Chavela o la querían o la querían, incluso en sus chocheras y en sus arranques de ira.  A uno de los niños de una amante le enseñaba a disparar para que éste no saliera debilucho, según dice aquella.
Pero esa era la vida privada también. Chavela Vargas fue la mujer que rompió con los estereotipos sexuales en su época. Ella nace en el año 1919 en Costa Rica. Sus padres la descuidaron y ella tuvo que ganarse la vida sola en México, a donde emigra bien joven y allí hace amistad con varios de los músicos más reconocidos de ese país, entre ellos,  José Alfredo Jiménez, cuyas canciones fueron en consonancia con la sensibilidad de esa mujer lesbiana, que debió imponerse en un mundo de hombres siendo la más macha entre los machos. Las parrandas con el compositor empezaban un viernes y terminaban los lunes, entequilados todos, forzando los chistes y asestando los dardos en la cabeza de cualquiera. En el documental, el hijo de José Alfredo Jiménez cuenta cómo surge la carrera de Chavela, su gran popularidad pero también el desorden económico de aquella. Sólo se quedaron algunos, entre ellas uno de sus amores, Frida Khalo, quien la amó hasta la saciedad y quien la sufrió hasta la locura por la despedida tranquila una mañana, luego de una última jornada de amor. Pero los amores de Chavela eran cualquiera, para ella, Ava Gardner y una mujer desconocida para los medios de comunicación eran susceptibles de amor. Como seductora, se entregó totalmente a las relaciones, pero también se desprendió de ellas fácilmente.
El documental enfoca su mirada en ella, con la cámara puesta en esas gafas oscuras que utilizó en su última etapa de vida. Su sentido del humor es sincero, sin ganas de agradar a nadie, sólo siendo ella. De esa hermosa mujer, de cabellos largos y oscuros no se perdió sino la forma, porque el encanto le duró hasta que su cuerpo decidió apostarse en una silla de ruedas.  La espontaneidad de su vida, se prolongó en sus canciones. No cantaba, ella hablaba. Narraba las canciones como si las estuviera conversando y en cada una de ellas dejaba la piel y el alma. Las canciones la reclamaban a ella para llorar y cuando terminaba de cantarlas el alma de quien la  escuchaba retornaba a su lugar. Chavela Vargas conjuraba su enorme soledad con la música. Oírla cantar es embarcarse en un viaje doloroso que nos recuerda quienes somos. Los seres humanos necesitamos conocer nuestro sufrimiento. Y una forma de hacerlo es escuchando a esta gran artista.



domingo, 12 de julio de 2020


El sueño y la vida



Yo sé que la vida puede ser más tibia si priorizamos el contacto directo con lo tangible; con las personas, con las cosas y con las sombras. Yo sé que la sonrisa de una mujer se percibe mejor si la miramos directamente a la cara y entendemos que su presencia no ha sido mediada por nada. También sé que la representación no aminora necesariamente la conexión con el mundo, que un relato no es inferior a un evento y que los personajes que formamos mentalmente no son indignos de la tan aclamada realidad.  Tengo la manía de pensar con instrumentos de mi imaginación que se desprenden de personajes literarios o de personajes históricos que han variado levemente en mi cabeza, por esa costumbre de valorar de un modo casi igual lo que me sucede y lo que imagino que me sucede. Esa propensión mediadora constituye mi vida, mi realidad está hecha de abstracciones. Mi sensibilidad está construida de lejanías, de cosas que a otros ha pasado y adopto como propias. He vivido la vida de otros y les he creado un rinconcito en mi abundante necesidad de elucubrar la vida. Por eso, los amigos más entrañables los he conseguido en el paso de una página o en las interlíneas de un párrafo que no existe. Así he comenzado a extrañar seres que no existen, personajes salidos de la mente de un creador, que trabaja con palabras y que yo clamorosamente engullo como la última presa de la selva o de un pantano impenetrable. A veces, extraño a escritores que no he leído más, una extraña voz visual se mete de pronto en mi incesante capacidad de extrañar. La nostalgia hace del señor Heathcliff un verdadero suplicio durante un día o de varios. Me inquieta esa ventana o esa sombra detrás de la ventana como si fuera la última vez que pudiera leer lo que la escritora dice, como si no supiera nada de lo que he leído y en cada nuevo brote imaginativo reconociera lo que tantas veces han atravesado mis ojos como dos puntas. No sé si a veces soy un personaje que vive la vida prestada que ha sido diseñada por alguien, en alguna biblioteca mientras escribe un cuento o delinea una novela. O si, de tanto recrear lo que leo, soy yo quien le da vida a todo el mundo que me rodea. A las personas les doy prerrogativas que se aíslan de su vida concreta. Viven en una dimensión carente de imperfecciones o teniendo esas imperfecciones encuentro motivos suficientes para amarlas así.
Siento que el pasado se torna más placentero que el presente. Estamos ligados a él en la medida que nuestros recuerdos no van hacia delante y asociamos nuestros ratos más placenteros con lo que aprendimos mejor. Emprender un nuevo comienzo es una tortura sobre todo si el cuerpo va dando señales de inoperancia. Estamos atados a los predios que dominamos. Ese instinto primordial de protegernos de los ataques o de los posibles ataques conforman nuestra esencia de vida. Son mis libros y los escritores que los escriben el mundo más seguro, el que ha tendido la sombra de mis mejores cualidades. Imaginar como siempre y vivir como nunca son caras de la misma moneda. Mis experiencias son mis sensaciones como lector. Mis vivencias más nítidas se hayan en los vericuetos de las historias que rondan mi cabeza como un jinete por una sabana oscura. La perplejidad es un sentimiento que suele atormentarme porque ocurre cuando comparo esos personajes de novela con mis odios, o con mis tristezas o con esa cantidad variada de sentimientos que afligen o ennoblecen mi vida cotidianamente. Tengo fórmulas para todo, las soluciones a los problemas no las busco en los problemas mismos si no en las vivencias de personas inventadas por escritores que han ideado buenas respuestas o que han salido avante de situaciones que el destino les ha impuesto. Si los recursos que poseo para dar salida a los conflictos son poderosas herramientas en condiciones ideales, mi capacidad de tomar hechos es precaria. Tal vez la felicidad consiste  para algunos, en trabajar con objetos idealizados para obtener respuestas perfectas. El mundo no es perfecto, pero las obras de la imaginación tal vez lo sean. Soñar es privilegio de todos, pero vivir la imaginación es patrimonio de unos pocos.

lunes, 29 de junio de 2020



Presencia y sacrificio de la derrota

Gauguin

Toda mi vida he perseguido maneras distintas de ser racional. Pero cada una de ellas me recuerda que el mundo admite como racional sólo aquello que trae resultados estipulados para todos. La eficiencia de los productos te brinda una mejor recepción ante el mundo, nadie te ve como un bicho raro si te has plegado a las necesidades que el mundo te presenta. Si el juego se juega con las reglas determinadas de antemano y si no cambias una sola de ellas puedes esperar de la gente una admiración o al menos un respeto del cual se desprenden varios beneficios como si estuviera uno en una feria.  Pero para mí ese juego se ha convertido en una traición de mis más profundas alegrías. Dejar correr el río por su cauce natural también implica luchar contra los accidentes que la tierra le impone. Ser libre es una imposibilidad natural también. Con el tiempo me he dado cuenta que podemos ser medianamente libres si nos plegamos en parte, haciendo lo que la sociedad determina como lo que es bueno. Los neurocientíficos dicen que los sentimientos son acomodamientos disciplinados de prácticas que nos van moldeando inconsciente y conscientemente, sin embargo,  yo creo que los sentimientos obedecen a otro material a otra sustancia de la cual, ninguna fibra física tiene noticia, como si hubiera fuerzas habitantes de otro mundo que por unos hilos invisibles nos transmitiera su energía y nosotros nos dejáramos llevar sin remedio. Pero aquello no reside en nosotros, tal vez, aquello vive por nosotros. A veces no podemos hacer lo que proyectamos. Si el mundo impone sus imponderables ónticos, nuestra reserva de sentimientos actúan como fuerzas descomunales que gobiernan nuestras decisiones. Y una decisión no es sólo la intención si no la puesta en marcha de lo que hemos pensado previamente. Por eso, la recurrencia definitoria de conceptos como el de sustancia, esencia, naturaleza, aplicados preferiblemente al hombre es una estruendosa derrota.
La derrota es una condición sin la cual la humanidad no puede definirse integralmente. Nuestra falibilidad es una cualidad que habla de la vulnerabilidad mortal como habla de la divinidad incomprensible que para muchos gobiernan el destino de las personas. Fracasar reside en la sublimidad de la vida recayendo multiplicidad de veces y dando al hombre su racional porción de humanidad. No hay definición más hermosa, aplicabilidad conceptual más acabada que la derrota. Ella recaba cotidianamente el corazón del hombre como el río recaba todo el tiempo sobre los costados de su cauce. El recuerdo permanente de lo que somos los humanos es una función normalizada del tiempo. Si buscamos lograr lo imposible por medio de lo posible es porque sabemos que existe la perdición de los medios en el camino de búsqueda hacia los propósitos que hemos emprendido como proyecto. Si los hombres y mujeres que han poblado la tierra por todas las generaciones posibles, desde el pequeño primer homo sapiens en una encumbrada montaña de Alaska hasta el viejo premio nobel de física en su retiro voluntario en la Selva Negra, han atravesado el umbral de nuestras posibilidades es porque han visitado la espesura del fango y en ello se les ha ido la vida para que otros disfruten de aquellos logros. Y en ese sentido nuestra capacidad de generar y enrostrar solidaridad es infinita. Sabemos que tal vez no podremos ver nuestros frutos realizados plenamente, pero alguna vez seres que no han sido proyectados por sus padres ni por sus abuelos ni por los padres de sus antepasados, podrán nadar en la piscina de los avances y haber restregado su cuerpo en el elíxir de la eterna juventud. Cuando fracasamos estamos apuntando nuestra confianza en que otro podría realizar lo que nosotros no hemos podido hacer. Hasta el más despreocupado ser humano lo admite pese a que su actitud más esperable sea la del olvido total. El deseo de separación es un deseo natural porque el ser humano persiste en su desesperación de sentirse falible queriendo alcanzar lo imposible. Acerca sus manos cada vez más al fuego prohibido pero la elasticidad en sus manos lo frena y ese pequeño abismo de inmortalidad le recuerda sus imperfecciones. En la derrota se haya la más hermosa demostración de amor al prójimo. En el fracaso legamos un nuevo intento al siguiente o a los más optimistas que lo intentan nuevamente y en cada intento amplían el margen de completar el éxito. Borges escribió alguna vez que Judas tuvo que sacrificarse para que otro alcanzar la redención por los pecados y llegara a reunirse con el padre. Los fracasados por ello son superiores a los que albergan en su interior esa convicción enjundiosa de haber logrado sus metas. ¡Qué desperdicio enorme hubiera sido la no creación de las sinfonías de Mahler o de Beethoven, si el fracaso no hubiera mediado sus esfuerzos? La humanidad se hubiera privado de las más hermosas obras musicales que cualquier mortal haya creado sobre esta tierra.
Si la razón es la mejor de las garantías para aminorar la derrota, pero la trama de pasiones que gobiernan el corazón del hombre le brinda alas más firmes al avance racional del mundo.

viernes, 26 de junio de 2020





El hombre sin tiempo



Hay rostros que se quedan titilando en los ojos luego de cerrar los párpados. No se van nunca. He pensado que tal vez, ellos representan ansiedades inexpresadas desde la infancia, pero de las cuales no se puede pensar nada. Una de esas imágenes es la de Gary Cooper. Lo he visto siempre. Es un actor que no tiene contexto porque parece que al sucedersen los siglos, permanecerá indeleblemente en la memoria de todo el mundo. A algunos no les habrá de importar su nombre, a otros, ese nombre tan sonoro, será un referente audiovisual que habrá de acompañarlos todo el tiempo.  Puede uno imaginar una personalidad detrás de la cara que nos ofrece en cada una de las numerosas interpretaciones que hizo, porque, no hay en la historia del cine de Hollywood un actor más solipsista que él. Quizás John Wayne, pero éste se convirtió en un estereotipo del Western al que no se le puede pensar sin un atuendo, sin una mirada particular o sin una estampa. En cambio, Gary Cooper interpretó decenas de personajes de características variopintas. Su mirada penetrante, su estatura, su rebeldía estética para un momento de tipos duros y de proporciones o rollizas o delgadas, pero con los atavíos de una década o de un par de décadas, son rasgos propios, con un estilo único construido en cada actuación. Es el hombre que no muere a pesar de haber dejado este mundo tres semanas después de haber cumplido 60 años. Tuvo varios roles al lado de legendarias figuras cinematográficas como Burt Láncaster, por ejemplo, y besó los labios de hermosas mujeres como Marlen Dietrich o Ingrid Bergman, pero no pudo ser atado a ninguna, no pudo relacionarse con ninguna de esas divas de los años dorados, porque el encanto de ese actor nacido en Montana un 7 de mayo del año 1901 no tenía lazos. Hay hombres que pueden cambiar de ropa pero nunca, mudan de piel. Gary Cooper hacía obras fílmicas con pretensiones corales pero su personalidad daba al traste con esa pretensión.  Como actor le quedaban mejor los papeles serios que encarnaron el prototipo ético de los Estados Unidos: bien parecido, valiente, denodado, fuerte, pero por encima de todo dueño de una bondad que se desbordaba por su cuerpo y envolvía de buenas energías el ambiente y las vidas de quienes lo acompañaron. En muchos de sus filmes representó personajes con cierto aire de independencia pero esa autonomía se esfumaba con las necesidades y el sufrimiento de los personajes que le acompañaban; luchando solo contra el peligro, enfrentando al mal con la desolación del miedo que los demás le dejaban, jugaba con la muerte por encontrar la libertad del otro o por librarse él mismo de ese remordimiento que le enlutaba el alma hasta entregar su vida por la de quienes lo requerían. Al encuadrarse en los formatos psicológicos de personajes que a la gente le gustaba, el actor estadounidense, estaba dejando una huella inequiparable, porque pese a todo ese arsenal estigmatizador que el cine infligió a la cultura moderna, un hombre pudo crear un universo original que hacía ver las películas como suplementos de una inmensa figura que la posteridad reclamará perdurablemente. Pero la figura del galán atribulado no le quedaba, su imagen atribulada le quedaba bien al personaje que interpretara. Cualquiera.  Detrás de su rostro delgado y de sus ojos azules no podemos ver un hombre normal. No podemos ver a un hombre de casa ni con esposa ni con hijos debido a que el era propiedad de todos, de los espectadores que obnubilaban su vista por el nombre de Gary. Las mujeres no podían no enamorarse de este provinciano que se abrió camino en un momento de profunda crisis económica y luego, con la llegada del cine sonoro y con la entrada del color al cinematógrafo, permaneció vigente pese a que llegaban y llegaban los nuevos actores con taquillas astronómicas. Pero a Gary Cooper eso le pasó por los costados y él siguió siendo el mismo. Con los nuevos prototipos y con los nuevos rostros, con la llegada de Marlon Brando y con la entrada en escena de James Dean, él siguió siendo una de las mayores estrellas del cine. Si los jóvenes actores de hoy compartieran set con Gary Cooper se asombrarían de esa perenne vigencia de su colega estadounidense. El gusto se forma. Los rostros son construcciones sociales también, pero para Gary Cooper las construcciones las impuso él a pesar de que físicamente ya no se encuentra con nosotros.