viernes, 26 de junio de 2020





El hombre sin tiempo



Hay rostros que se quedan titilando en los ojos luego de cerrar los párpados. No se van nunca. He pensado que tal vez, ellos representan ansiedades inexpresadas desde la infancia, pero de las cuales no se puede pensar nada. Una de esas imágenes es la de Gary Cooper. Lo he visto siempre. Es un actor que no tiene contexto porque parece que al sucedersen los siglos, permanecerá indeleblemente en la memoria de todo el mundo. A algunos no les habrá de importar su nombre, a otros, ese nombre tan sonoro, será un referente audiovisual que habrá de acompañarlos todo el tiempo.  Puede uno imaginar una personalidad detrás de la cara que nos ofrece en cada una de las numerosas interpretaciones que hizo, porque, no hay en la historia del cine de Hollywood un actor más solipsista que él. Quizás John Wayne, pero éste se convirtió en un estereotipo del Western al que no se le puede pensar sin un atuendo, sin una mirada particular o sin una estampa. En cambio, Gary Cooper interpretó decenas de personajes de características variopintas. Su mirada penetrante, su estatura, su rebeldía estética para un momento de tipos duros y de proporciones o rollizas o delgadas, pero con los atavíos de una década o de un par de décadas, son rasgos propios, con un estilo único construido en cada actuación. Es el hombre que no muere a pesar de haber dejado este mundo tres semanas después de haber cumplido 60 años. Tuvo varios roles al lado de legendarias figuras cinematográficas como Burt Láncaster, por ejemplo, y besó los labios de hermosas mujeres como Marlen Dietrich o Ingrid Bergman, pero no pudo ser atado a ninguna, no pudo relacionarse con ninguna de esas divas de los años dorados, porque el encanto de ese actor nacido en Montana un 7 de mayo del año 1901 no tenía lazos. Hay hombres que pueden cambiar de ropa pero nunca, mudan de piel. Gary Cooper hacía obras fílmicas con pretensiones corales pero su personalidad daba al traste con esa pretensión.  Como actor le quedaban mejor los papeles serios que encarnaron el prototipo ético de los Estados Unidos: bien parecido, valiente, denodado, fuerte, pero por encima de todo dueño de una bondad que se desbordaba por su cuerpo y envolvía de buenas energías el ambiente y las vidas de quienes lo acompañaron. En muchos de sus filmes representó personajes con cierto aire de independencia pero esa autonomía se esfumaba con las necesidades y el sufrimiento de los personajes que le acompañaban; luchando solo contra el peligro, enfrentando al mal con la desolación del miedo que los demás le dejaban, jugaba con la muerte por encontrar la libertad del otro o por librarse él mismo de ese remordimiento que le enlutaba el alma hasta entregar su vida por la de quienes lo requerían. Al encuadrarse en los formatos psicológicos de personajes que a la gente le gustaba, el actor estadounidense, estaba dejando una huella inequiparable, porque pese a todo ese arsenal estigmatizador que el cine infligió a la cultura moderna, un hombre pudo crear un universo original que hacía ver las películas como suplementos de una inmensa figura que la posteridad reclamará perdurablemente. Pero la figura del galán atribulado no le quedaba, su imagen atribulada le quedaba bien al personaje que interpretara. Cualquiera.  Detrás de su rostro delgado y de sus ojos azules no podemos ver un hombre normal. No podemos ver a un hombre de casa ni con esposa ni con hijos debido a que el era propiedad de todos, de los espectadores que obnubilaban su vista por el nombre de Gary. Las mujeres no podían no enamorarse de este provinciano que se abrió camino en un momento de profunda crisis económica y luego, con la llegada del cine sonoro y con la entrada del color al cinematógrafo, permaneció vigente pese a que llegaban y llegaban los nuevos actores con taquillas astronómicas. Pero a Gary Cooper eso le pasó por los costados y él siguió siendo el mismo. Con los nuevos prototipos y con los nuevos rostros, con la llegada de Marlon Brando y con la entrada en escena de James Dean, él siguió siendo una de las mayores estrellas del cine. Si los jóvenes actores de hoy compartieran set con Gary Cooper se asombrarían de esa perenne vigencia de su colega estadounidense. El gusto se forma. Los rostros son construcciones sociales también, pero para Gary Cooper las construcciones las impuso él a pesar de que físicamente ya no se encuentra con nosotros.

jueves, 18 de junio de 2020


Aire en los bolsillos

Jorge abrió la puerta de ese frío cuarto una mañana cualquiera de un enero pasado por agua. Se revisó los bolsillos delanteros de su pantalón mojado por el agua del amanecer. Encontró el encendedor amarillo que alguien le había pasado la noche anterior. Como siempre, los encendedores eran gratuitos y de sus pocos pesos no usaba una sola moneda para comprarlos. Ese dolor de cabeza en la parte posterior le incomodaba, pero siempre lo borraba dejando que las cosas se acomodaran solas.  Fue al baño y defecó con la misma dificultad de todos los días. Estaba seguro que aquello era de la cabeza. En su mente, los recuerdos se acumularon como una borrasca traída de algún recuerdo bonito o de algo que le molestara y con lo que lidiar, aunque eso no era prioridad. Prefería que todo sucediera como tenía que pasar.  Natalia se le había metido entre la piel y la carne como una puñalada bajo un sol insoportable.
Intentó dormir, pero ese problemita ya no era con él. Dejó que el peso de los ojos cayera como había caído ese último pedazo de cigarrillo en brazos de su Natalia. Desde que se había dado cuenta que el sueño no llegaba con solo convocarlo se dio cuenta que aquellos pensamientos que más absorbían su atención, eran los más importantes. Y sabía que ya nada le parecía tan importante. Fue a la cocina y preparó un poco de café, pero se dio cuenta que el frasquito donde lo guardaba estaba vacío. Ni tinto ni cigarrillo. Los únicos objetos que realmente lo ataban a la realidad. Ahora qué?, pensó. Tomó ese libro sin portada que reposaba sobre la almohada, sabiendo que ello era como un verdadero amor que te recibe con las palabras más hermosas del mundo y te las canta sin pedirte nada a cambio y leyó, Jorge leyó como si nada en el mundo tuviera más importancia que eso. La lectura  se le atravesó en la garganta, los pensamientos iban y venían como el desorden de todos los días. Todo era tan rápido, el tiempo pasaba y no tenía la posibilidad de capturarlo. Era como una mariposa tornasolada que deambula por el aire pero sin reposo alguno. Y ese reposo no lo entendía, Solo cambiaba y cambiaba. Decidió salir a la calle para combatir ese desespero. Hace tiempo que pensaba en su vértigo. Su mente no descansaba. Sus pensamientos eran torbellinos sin orden que lo dejaban desahuciado en cada embate. Tomó aire. Eso era como una prueba de todos los días. Le oprimía el pecho encontrarse con personas a las que debía saludar por pura conveniencia. Sintió vergüenza de su cobardía. Todo era protocolo y él ya se había alineado. Toda su vida lo había hecho. El miedo ahora se mezclaba con una culpa ociosa, que no dejaba nada.  Pero ese miedo de dónde salía. Si nada le importaba tal vez era porque todo era importante. Se cansó… la mente otra vez. Las manos en los bolsillos y tenía unas ansias terribles de fumar un cigarrillo. Ni un peso. El puente estaba cerca. A lo lejos quizá podía encontrar a alguien que se apiadara de su necesidad. Esa cara de sufrimiento en la pantalla. Y hablaba con suficiencia, hablaba como si fuera un niño recitando el último poema del mundo y para Jorge eso tenía sentido. La literatura era lo que más sentido tenía, Sentía que sus amigos imaginarios le oprimían el pecho y le dificultaban respirar con sus hermosas palabras. A veces sentía la envidia como le despedazaba el pecho, esa opresión incontrolable le consumía la tranquilidad. Su mundo eran palabra en el aire. Un cigarrillo, un recuerdo, un verso que luchaba por salir al exterior. Repetía lo que su mente desordenada le dictaba. Ahora en el puente todo parecía claro. Tuvo miedo, el miedo de Jorge era no poder leer nuevamente los libros que tanto amaba. Lloviznaba. Las palabras en su cabeza se mezclaban como un rico manjar. Volteó. Tal vez uno de sus amigos se atravesaría en el camino de regreso a ese cuartucho fío y tuviera la compasión suficiente de regalarle un cigarrillo desgastado.

lunes, 15 de junio de 2020


Una y otra vez

Paul Klee

El recuerdo me hace volver a sitios que pensé no volvería a visitar en lo que me queda de vida. Llega de súbito a mi mente y me intranquiliza, no necesariamente me indispone contra la vida, sino que me saca de la realidad. Porque para mí recordar es soñar. Es solo abandonarme a otra época, ya vivida por el conjunto de mis experiencias, algunas de ellas que siempre he preferido olvidar. Tan arrobadores son ciertos momentos, visitas inesperadas y siempre bienvenidas que me interpelan en lo ético ¿habré obrado mal? Incluso el cuerpo cambia, siento variaciones de temperatura por dentro y me ruborizo o siento deseos de esconderme, estando solo. Hablo conmigo, me recrimino, evalúo comportamientos de los cuales no estoy orgulloso. Pero asimismo se van como si no hubieran llegado nunca, porque sé que tarde o temprano habrán de regresar.
Creo que tengo miles de culpas y ellas me llenan de sentimientos diversos. A veces los recuerdos son placeres físicos y escapes emocionales que urden ideas dentro de mí. Soy nostálgico. Me gusta el pasado como un vicio difícil de dejar. Pese a que el dolor es un componente usual dentro de ellos, recordar lo que ahora no puede tocarme físicamente rememora otra época, menos feliz tal vez, pero cargada de un sentido colectivo, reproducido por un detonante secreto, inconsciente. Yo sé que todo está ahi. Solo basta un momento para que todo se revuelva y me haga salir. Con mis amigos los libros me siento a gusto. De tanta información algunas veces queda algo. Esa mezcla de palabras y de imágenes ha creado un mundo propio, que tiene vida y que de vez en cuando, sale a la superficie interpelándome placenteramente, incluso, las desavenencias con el pasado, son advertencias de mi propia condición. Mis líos con el presente son líos entre lo que espero de todo y lo que la vida me entrega.  La felicidad que encuentro en la frágil sustancia del sueño no tiene un punto de contacto con lo que veo. Esos mundos esculpidos por el tiempo no se han ido. El pasado me persigue y a veces me asalta dejándome exhausto.  Yo sé que esas vivencias están latentes. Yo sé que la próxima vez que despierten abrirán un portal entre el pasado y el presente. Y cada vez traerán nueva información, nuevos repliegues dimensionales de un tiempo que se niega a morir. Yo soy la proyección de un vago demiurgo que moldea mis nuevas experiencias a la luz de una juventud ida. No me siento viejo por el paso de los años sino por la repetición de visiones que aterran mi alma como si temiera vivirlas otra vez. Y cuando pienso en esa posibilidad inmediatamente descarto mi posible deseo de regresar mentalmente allí. Espero poco. Sólo quiero hundirme cada que esa vistita decida tocar a mi puerta. Yo no quiero esperarla. Solo quiero que llegue y arranque mi puerta como arranca mi vida cada vez.

viernes, 5 de junio de 2020




Sobre los libros



Hay distintos tipos de amor. Uno de ellos es eterno. Dura toda la vida. Por lo menos la de uno, cuando existe tal devoción a algo que no puede pasar un solo día en que los pensamientos no converjan hacia lo que desgarra el alma con solo pensarlo. Los libros son compañeros necesarios que están dispuestos para usarse. Parecen hablar, parece que tuvieran comunicación entre ellos. Borges habla con Milton y este habla con Groussac. Y todos hablan con Homero. Son artistas contemporáneos por la dedicación y el amor que tenían a sus obras. La de lectores y la de creadores. La eternidad consiste en la repetición de cosas que son agradables al alma, sin que el tiempo se interponga en esa felicidad. Los mundos que recrean los libros amplían la imaginación del hombre, sin demeritar la importancia de la inmediatez. El hombre es un océano sin agua que navega en las  de su propio mundo, trasegando por senderos peligrosos que posiblemente lo lleven a la muerte. Pero esa muerte es consentida, trae consigo, los demonios y las alegrías que sospecha, las tiene alojadas en su corazón. La mente sólo las construye imaginariamente. El libro o los libros son las herramientas más expeditas para conocer esa inmensidad, ese extenso camino que debe cruzar cada ser humano hasta completar su destino. En una biblioteca se encuentra aquello que somos, esperando a que nuestras manos lo tomen y luego nuestros ojos descorran su mirada por cada una de las letras y el vasto silencio de nuestra alma decodifique lo que ya sabíamos, pero que algún día hemos olvidado. Por eso esas generosas manifestaciones de la infinitud, que son los libros, son exclusivamente un portal hacia nosotros mismos desde afuera, donde se haya todo lo que deseamos, pero donde al mismo tiempo no tenemos nada. Los libros conjuran la turbulencia de la noche, amaestran las bestias dormidas que nos desuellan al amanecer. Los libros encierran la traición que supone no dedicarse la lectura hasta que por algún llamado de otro tiempo sentimos la necesidad de volver a otros. Yo imagino una historia contada por alguien mientras se escribe un extenso poema en que mi vida y la de quienes rodean mi existencia se compenetran eternamente. Salvo que mis seres más queridos habitan en otras épocas y en otros espacios. Ellos escriben todo el tiempo porque su destino era ese. Escribir para otros, aunque en el fondo, la escritura sea un paliativo para la desorbitada personalidad de los artistas. Cuando tomamos un libro de un estante atravesamos un túnel que nos desviará del mundo tangible por unos momentos, aunque esa experiencia de lectura no tenga ninguna caducidad. La transformación que sufrimos es el producto de lo que nuestra imaginación ha hecho del escritor. La obra ya nos pertenece y los poetas o los prosistas se vuelven instrumentos de nuestra capacidad de cambiar una obra. Pero la obra estará allí, para siempre, esperando que un lector reinicie ese hermoso ritual que supone la inmersión en el libro. Parece que utilizar la lectura de un libro como un escapismo de las dificultades cotidianas tenga algo de deshonestidad con aquél, no existe mejor posibilidad para los viajeros que sumergirse en ello, dejando la vida en suspenso hasta que el aliento se recobre luego de semejante experiencia. La belleza puede ser un espejismo si la nombramos, pero si la vivimos encontramos la felicidad por los instantes que dura una lectura, sin embargo, las sucedáneas huellas que aquella felicidad deja en nuestro recuerdo, habrán valido cualquier pérdida.  Uno no recomienda una experiencia, Sólo  recomienda emprender un camino para intentar vivir esa experiencia. La felicidad es desinhibida y viene cuando le place. Cuando haya encontrado un espíritu sensible capaz de conjurar a es elector que place en su lecho derribado por el sueño.

martes, 14 de abril de 2020



                                         Blanco y negro

                                                Goya

En esos cabellos peinados meticulosamente como si las personas que los usaran fueran para una homilía, proyectan en mí el brillo y la intensidad de unas ganas enormes de seguir viviendo en el pasado. Los rostros angelicales de damas hermosas de diversas nacionalidades que despliegan esas voces aterciopeladas, hacen recordar tiempos mejores que uno jamás vivió o tiempos peores que, despiertan un poco de lástima por no haberlos vivido. Hay misterio en esa dualidad cromática, hay una delicada finura de la imagen, capaz de reconstruir mundos paradisiacos que pudieron provenir del odio más oscuro que los seres humanos construyeron algún día. Los besos eran más una demostración de poder que un acto de amor, al menos que el amor se expresara de manera rústica, con los brazos aferrando esos suaves contornos de damiselas en aprietos, o con los labios engarzados en un rictus de posesión infernal más que en una demostración de amor entre dos personas. Los objetos hablan, las cosas quieren salirse del cuadro, los colores cedieron su fulgor a la elegancia del blanco y negro. Imaginar cómo fueron aquellos tiempos a la luz de medio siglo pasado, es un acto masoquista. Afuera la tierra se la comían los nazis, las gentes vivían con la incertidumbre de un porvenir pesimista por una economía endeble y porque el corazón humano una vez más demostraba su enorme flexibilidad. Si las imágenes a la luz de la tecnología presente, parecen torpes, si las poses y el lazo moral, hacen de esas representaciones, ingenuas demostraciones estéticas, los contenidos responden a la más perpleja actualidad. Esos actores y esas actrices nos hablan al oído como si estuvieran vivos aún, como si el tiempo se hubiera detenido ahora y para siempre, como si las almas de los hombres no hubieran cambiado un ápice. Esos personajes duros y necesitados de afecto que requerían un salvavidas, entregaban sus afectos en pleno, pero también arrojaban al demonio a cualquiera que hubiera osado ofender sus principios morales. En esa inocencia de movimientos, en esos personajes más bien perimetrados como un cerco perfectamente medido, surgían demostraciones de ternura sin par. Ver una película de la época dorada de Hollywood es un acto de amor. Es dejar que ese dejo romántico que algunos llevamos dentro nos acoja con toda su fuerza y nos restregué contra el piso, mientras recordamos que esos hombres y mujeres que nos interpretan historias, podrían encontrarse caminando en cualquier recodo del camino. Howard Hawks camina por ahí, John Ford aún dirige sobre su silla de cuero, Joseph Mankiewicz sigue cruzando historias de damas atormentadas por su pasado, Hitchcock continúa jugando con las ansiedades de un público imaginario. El poder de la imagen ha hecho que los jovencitos rechacen ciertas imágenes. Las desechan como si del cuerpo expulsaran grandes reservas de comida. La imagen se ha tornado forma sin voz. El contenido y los mensajes enviados son prescindibles entre la acumulación de supercherías publicitarias. La imagen es compromiso, un pacto a muerte con el hombre que ha vuelto del pasado para quedarse o que nunca se ha ido y sigue habitando nuestros más íntimos universos. Cuánta emoción despierta la imaginación de ver en directo los ojos violeta de Elizabeth Taylor, qué expectativa crea un posible encuentro con esa diosa de mirada perfilada de Greta Garbo sin saber que tal vez mientras miraba lo estaría juzgando a uno, o qué inquietud produciría esas palabras férreas de Charles Laughton. Cuánta riqueza se ha perdido. El olvido se nos ha empotrado en la piel como un animal come carne que no podemos zafar.  La memoria es un consuelo, pero la pérdida de realidad que se ha llevado la muerte nos ha hecho perder tesoros invaluables: risas, impresiones, vivencias personales, temores, afectos, necesidades de ver, provocaciones carnales, conmiseraciones, cuerpos, talles, inseguridades, todo aquello que nos da la vida presente, esa que nos hace formar una idea de los que se encuentran conmigo.  Para que entre el hombre que contagia todo su soplo vital en mí y la obra que ha enfervorecido mi lama hubiera una suerte de parámetro. Mis ansiedades tendrían un destino manifiesto, un sitial para reposar en mi necesidad de conservar el sueño.

miércoles, 8 de abril de 2020




                                                                  El marfil y la sangre


                                                    Cuadro de Henry Fantin-Latour

¿Qué motivos ocultos han podido romper el corazón de un hombre de genio que vivió por el suave aliento de las musas en una época de fervorosa creación poética para convertirlo en un aventurero rapaz? Arthur Rimbaud se embarcó en un navío extraño durante la segunda parte de su vida, cazando elefantes en Africa, comerciando con piedras preciosas en Somalia, amasando una pequeña fortuna entre las braguetas de sus pantalones por miedo a que la pobreza lo cogiera nuevamente por los hombros como lo había hecho en sus años pueriles y lo zarandeara como lo hizo con los miles de indigentes citadinos que vio en los cafés parisinos donde Baudelaire escribía ebriamente los poemas que tanto le apasionaban. Esa mirada febril entre las órbitas de sus imponentes ojos azules se tornó marrona, como el barro que lo revolcó en su natal pueblito de mierda, por donde paseaba masticando esos versos vertiginosos de su temporada en el infierno, de donde salió un día para quedarse definitivamente en el mundo. Lo otro tan sólo fue una pequeña anécdota. Se sentía superior, su imaginación fue canalizada en el fulgor de sus dedos listos para disparar a una bestia salvaje en los confines del mundo. ¡Qué desperdicio! El mundo se privó de unos cuantos versos memorables por la rebeldía irracional de un loco que impregnaba de palabras el aire. Su respiración adrezó con perlas poéticas ese mundo revolucionario donde los obreros se agolpaban tras las barricadas en la Comuna de París. Hemos perdido los cantos delirantes de un vagabundo bendecido por la belleza de las palabras. Esos atardeceres de Amberes o los crepúsculos del alba en el Mediterráneo, las imponentes visiones de la nebulosa Oslo, con los pies adormecidos de tanto caminar de pueblo en pueblo, de país en país, sabiendo que ninguna patria le pertenecía. Rimbaud es extranjero del mundo exterior. Su inconmensurabilidad se encuentra localizada en el interior de un alma enferma de muerte desde su mismo nacimiento. En las afelpadas manos de Verlaine descubre un remanso, pero también se da cuenta de que los poetas europeos pertenecían a un círculo errático de estrellas vencidas por su propio ego. No es hijo de nadie, ni siquiera de su madre que corre presurosa, apenas llega el cadáver de ese hombre encanecido por el tiempo, a sepultarlo rápidamente para borrar toda huella de sacrilegio. Ese hombre apuñalado por el destino se zambulle en su elemento vital, la única cura para sus dolencias: la muerte. Es difícil imaginar tanta grandez en tan pequeño recinto de carne y huesos que le tocó en suerte. Rimbaud es un profeta de los tiempos que transcurrieron y que han llamado modernidad. Con él se avecinan muchas muertes. Las de los hombres y las mujeres que han sido envueltos por el manto negro del capitalismo. Su vida y su obra son un hermoso destello en estos tiempos de oscuridad. Como dice  Henry Miller, habitamos un tiempo de asesinos, en donde las quimeras han muerto. La transparencia de la poesía se ha encontrado con un férreo muro de piedra, atribulada de perversas tangibilidades.

sábado, 27 de julio de 2019




El hijo del Zipa


La exuberancia de ese cuerpo parecía vaticinar otro triunfo para uno de los múltiples europeos que ganaron todo lo que se les atravesaba. “Cochise” Rodríguez  ganaba en tierras aztecas un record mundial que, por los antecedentes, estaba reservado para los europeos, tal vez sin pensar que sus logros irían a durar 27 años hasta que un criollito con un cuerpo menudito se impondría en la vuelta a España, convirtiéndose en el hombre que destronaría a ese europeo antioqueño que sigue dando lora con ese humor tan nuestro que se torna folclórico para los países que dieron hombres tan grandes para el ciclismo como Merckx, Fignon, Hinault, Induraín, Contador y Chris Froome. Con esa escasez de triunfos, en medio de una selva infestada de campeones, esos ciclistas colombianos seguían siendo  flor de un solo día, pero  el talento puede estar hibernando por mucho tiempo y un día se despierta para brillar por muchos años o por muy pocos días aunque siempre dando de qué hablar.  Por eso ese silencio prolongado que rompe un muñequito de Cómbita se venía venir aunque siguiera siendo un aviso de buenos momentos y nada más para los europeos. Sólo algunos especialistas con sentido visionario  afirmaban que cuando los colombianos regresaran serían temibles. Ese miedo salió fundado en resultados  que convierten a Nairo Quintana en el ciclista colombiano más ganador de  todos los tiempos y uno de los más importantes de la actualidad.  Ahora pocos imaginaban que podía venir un ciclista más importante que ese mesticito boyacense. Egan Bernal irrumpe en el ciclismo hace apenas tres lustros desde las montañas más pedregosas de la región andina, con su bicicleta de mountain bike con 7 años de edad y un padre renuente a que su pequeño hijo repitiera los sinsabores que  tuvo él por numerosos motivos, entre ellos, el desbarajuste de la administración ciclística nacional. Sin plata para la inscripción y sin un casco para medirse en su cabeza, los tropiezos que tuvo para participar en una carrera profesional en este país de escarabajos, fueron muy grandes. Todos veían en ese biotipo maravilloso, una suerte de campeón hasta que un hombre parlanchín de cabellos blancos y de una amabilidad desarmadora llamado Gianni Savio, se lo llevó para Europa para militar en ese equipo llamado Androni que tanta gloria le dio a Colombia.  De ahí en adelante ganó todo lo que se le atravesó pero aún quedaba el salto definitivo hacia una grande europea. Delante de él se encontraban verdaderos monstruos como Wiggins, Froome y Thomas, ciclistas que comandaban el Sky y que reclamaban su posición en el equipo viendo de perfil a este morenito zipaquireño que de un momento a otro venía a expropiarles su lugar. Lentamente, la carrera, como suelen decir algunos periodistas y especialmente los mismos ciclistas, la carretera y las carreras van poniendo a los ciclistas en su posición indicada. Entonces gana, gana y gana. Tres palabras distintas y un solo corredor verdadero. Campeón contrarreloj de Colombia, campeón del Tour de California, campeón de la París-Niza, campeón de la Vuelta a Suiza, esta última carrera adjudicándosela luego de sufrir una terrible caída que le vuela la clavícula en mil pedazos y de una decepción que le dura varios días por su no participación en el Giro de Italia, que estaba planillado como su gran objetivo del año. Sus números dejaban estupefactos a los médicos y a los especialistas en ese deporte, quienes veían a un muchacho de facciones puntiagudas aproximarse  a  la perfección biométrica.  Todo  fue confabulándose para que Egan llegara a ese objetivo ambicionado por muchos ciclistas en el mundo  a través de toda la historia de ese deporte, no solamente la decepción del líder de filas, sino su propio accidente, su recuperación, la puesta a punto para afrontar el Tour, ese magnífico equipo llamado Ineos que ha comprado recientemente un millonario excéntrico que escarba en las entrañas del mar y de la tierra sus recursos como un loco para luego lavar sus culpas comparando al equipo ciclístico más poderoso del mundo.  Luego vino la carrera, era segundo en la línea de sucesión detrás del capo de escuadra de su querido Geraint Thomas quien debía revalidar su título del año pasado, mucho más tras el accidente del líder indiscutible del equipo, el simpático Chris Froome. Los primeros días estuvo lidiando con las embestidas del viento, supo acomodarse en posiciones estratégicas con un equipo dubitativo ante los triunfos de Julian Alaphillipe, un ciclista explosivo que todos veían con asombro cómo se eternizaba en el liderato de la carrera. En la contrarreloj por equipos no tuvieron un buen resultado  y otros grupos eran los llamados a encabezar la carrera. En la contrarreloj individual, Egan Bernal no sentía buenas reacciones ante los 27 kilómetros que conformaban una etapa exigente aunque no decisiva. El tour este año tenía más puertos de montaña de exigencia máxima que los años anteriores y las etapas contrarrelojes no fueron diseñadas en el recorrido para que un europeo se ganara la carrera. Pero esas dos semanas simplemente estaban ajustando el sistema corporal de un joven superdotado que decidió ser ciclista por el impulso terrígeno que sus predecesores habían impuesto como un dictamen imposible de eludir. Para la tercera semana Egan ya tenía buenas sensaciones, como dicen ellos, exponiendo sinceramente lo que esos hombres humildes perciben, con menos chequera y más sacrificio corporal que los futbolistas o los tenistas o los basketbolistas, que casi todos los otros porque el ciclismo es un deporte que es poco generoso y premia con escaso dinero a  sus campeones. Alaphillipe se defendía como gato patas arriba, Kruiswijk  a la expectativa, Landa atacante y desembuchando todo su veneno contra Nairo que guardaba un pequeño rencor que pudo soltar luego de pasar el mítico Galibier en la etapa 18, Buchman esperando, como siempre, Pinot vaticinando un triunfo final y retando como “gallo del Tour” a sus rivales  con sus dos triunfos parciales, mientras las apuestas pagaban desmesuradamente a los ficticios triunfos de un ciclista que siempre se desinfla en la tercera semana de cualquier gran vuelta.  Ahora llegaba la etapa 19, con un horizonte infernal, una  llegada al Izoard con pendiente media del 8 % y con rampas del 15%  a más de 2700 metros de altura que debian sortear todos los ciclistas, uno de los cuales, el niño del Tour que ya había asegurado el título del mejor joven de la vuelta, tendría que atacar; el primero fue Thomas, que parecía mostrar definitivamente sus cartas después de la etapa anterior en la que llevó a su ritmo vertiginoso a un Allaphillipe que sufría como nunca. Por eso, nadie pensaba en las buenas intenciones del ciclista inglés. Hasta que el equipo decidió llevar a cabo un ataque de equipo; Thomas se convirtió en la punta de lanza para el ataque definitivo que Bernal emprende y que nadie puede detener porque las piernas de Egan eran las más fuertes de todas.  Y pensábamos que Bernal coronaría la etapa como su ganador y con ello podría llevarse, además de los 8 segundos del puerto de montaña de categoría especial, los 8 segundos más que concede la organización al ganador de la etapa. Las imágenes en tiempo real mostraban una carretera humedecida por el hielo que se fue acumulando en menos de 10 minutos y que ponía en riesgo la integridad de los deportistas, en tanto Rigoberto se trenzaba en una disputa verbal con Níbali que obedientemente paraba la marcha, ante la solicitud expresa de los organizadores del Tour. Pero Egan, mansito, para. Con la inocencia de quien sigue una orden también escucha de sus compañeros de equipo que había ascendido al primer lugar de la competencia y ante la entrevista oficial estalla en llanto por el impacto de saberse el ciclista tope de aquella carrera que veía por televisión mientras que uno de sus ídolos subía al podio pero que no ganaba. Egan conserva el candor de un niño que va descubriendo secretos del mundo que otros ya ven como hechos normales y que para él constituyen toda su vida. Egan Bernal es el deportista modelo de lo que significa la humildad y la disciplina, en un país que admira figuras autoritarias y que frenan el avance de estos ciclistas trabajadores, nacidos en las entrañas de este país andino que muchos años después de  los triunfos de “Cochise, habrá de ganar por primera vez el Tour de Francia, es decir, habrá de ganar un mundial de fútbol pero en bicicleta, porque el hijo del Zipa que entrenara Fabio Rodríguez por las carreteras boyacenses, habrá recogido los frutos de cientos de hombres que vieron en la bicicleta una opción de vida.