miércoles, 21 de junio de 2023

 

La fragancia de los tulipanes


De Lukas Dhont


Las flores sanan. La belleza de la vida tiene tantos enemigos que pueden obnubilarla. Lukas Dhont, con su “Close” nos trae esta sutileza, sin más. No hay concesiones, ni puntos medios, ni excusas para ese mal irremediable llamado pudor. Los niños pueden ser el foco de desfases sociales que no tienen en cuenta, por más intentos de mostrar otra cosa, los sentimientos naturales de los hombres y las mujeres que van cambiando con la madurez de cada una de las personas. El director no necesita un inmenso presupuesto, en cambio tiene un talento sutil para crear atmósferas cargadas de sentimientos que se van generando gradualmente sin romper la continuidad narrativa propia de una buena película. Ya nos había regalado su admirable “Girl”, que busca indagar en el universo emocional de los seres humanos, sin más, sin esas miradas de género o de luchas sexualizadas que   a veces apartan a las historias de su verdadera intencionalidad, esa que explora el corazón humano, sin apellidos, ni etiquetas, ni conflictos sexistas.

El cineasta belga que apenas cruzó la barrera de los 30 se convierte así en un director imprescindible, sin el cual, el intento de comprender la evolución de los jóvenes actuales, en su camino pedregoso por una existencia que constantemente les pone nuevos impedimentos de expresarse libremente, se vuelve vano. Esta historia es eso. Remy y Leo son dos mejores amigos que comparten una serie de experiencias cotidianas que los une cada vez más, hasta que un comentario casual de una niña, en la secundaria, rompe ese idilio en el que viven ambos. Leo empieza a evitar a Remy. Este entra en un doloroso estado depresivo que termina mal. Pero el dolor es transmutable, se incrusta en el alma de Leo, sin muchas posibilidades de librarlo pronto. El duelo emocional de aquel jovencito no desaparece, en lugar de ello, persiste, se arraiga en su mente como si el peso de lidiar con ese sentimiento se hubiera vuelto una especie de expiación a la cual está atado por las circunstancias precedentes. La maestría de Dhont consiste en no dejar caer una historia que ya hemos apreciado antes, tal vez muchas veces, y, consigue no regodearse con un drama lacrimal, sino, con la sutileza de un artista sensible, que va hilvanando unos sucesos creíbles, con los tiempos justos, con unas escenas que son necesarias, con una construcción psicológica coherente, en la cual cada uno de los personajes se muestra sólido. La madre de Remy, desfoga comprensión y ternura, condiciones que Leo habrá de percibir plenamente si ha de soltar el sufrimiento de una pérdida para la cual no estaba preparado. Ella asume el papel de su madre temporal mientras la pena de sentirse abandonado por una presión social lo suelta. Leo se refugia en esa mujer que ha sufrido más que él, sabe que ha dejado algo suelto, que la verdad está en el aire, pero algo inconfesable no permite expresarlo. El temor y la culpa de contar sus verdaderos sentimientos hacen incrementar el dolor. La angustia de no declarar con la veracidad del caso todo lo que ocurrió es comprendida por una madre que ha perdido a su hijo, lo carcome. Su deshonestidad prolonga la incertidumbre de todos aquellos que amaron a su amigo Remy. Inclusive la suya.

El director deja flotando en el ambiente lo indeclarado, lo que sospechamos pero que no podemos asegurar, porque la ambivalencia de los sentimientos no se puede esclarecer fácilmente. Esa es la mayor tragedia de Leo, la duda o quizás la certeza de la nitidez que sus sentimientos siempre le han mostrado y ahora por la sombra de la moral, impide que aflore. Por eso los tulipanes que cultivan y procesan los padres de Leo aparecen una y otra vez, como principio simbólico de la contaminación de la autenticidad. Quedan sentimientos destructivos que habrá que dejar salir. La película muestra precisamente el proceso por el cual podemos empezar a sanar o a sanar del todo, no sin antes dejar bien claro que no será fácil. El otro apuntalamiento de Leo es su hermano mayor, porque funge como sustitutivo de la pérdida que ha experimentado y a la que debe hacerle frente. El contacto físico, las miradas, las palabras, los silencios se dirigen hacia él. Está en su naturaleza buscar los afectos que su corazón siente y que no puede expresar como quisiera hacerlo. El universo personal de los niños no admite concesiones o se desfoga totalmente o se reprime del todo.

Las imágenes, cargadas de una belleza naturalista no tiene pretensiones efectistas, sus propósito son funcionales a la historia, con la cual aporta una mirada rica y sutil sobre las pequeñas alegrías, las pequeñas frustraciones, el uso del tiempo libre, la construcción de pequeñas felicidades que están más allá del tiempo de los niños al cual los adultos no tenemos acceso, pero sí tenemos la posibilidad de dejar fluir con nuestra comprensión. Están compuestas meticulosamente, con pausas justas con movimientos estudiados que están en función de los sentimientos.

Lukas Dhont nos dice que detrás de las acciones existen miles de intersticios sentimentales que viven junto a nosotros pero que no percibimos por no hacer una pausa en la vida de los otros, por no aproximarnos un momento a eso que vemos como fenómenos sin fondo, pero que en realidad permanecen latentes, son un verdadero enigma, nos superan.

lunes, 22 de mayo de 2023

 

Rebelión


De José Luis Rugeles


El emprendimiento de un proyecto como éstos, requiere de mucho valor, de algo de locura y de harto aburrimiento. Lo primero, porque los intentos de mostrar la vida de Joe Arroyo han terminado en trozos biográficos límpidos y predecibles, pero sin ningún tipo de sustancia; la segunda, porque cuando se habla de un ídolo es arriesgarse a levantar una polvareda de la cual es difícil reponerse y; el tercero, porque pareciera que todo está dicho en una biografía y, una película, tal vez, sería una nota al pie de una obra ya cerrada.

Por eso José Luis Rugeles es valiente, insano mental y un ocioso desbordado. Su película: “Rebelión” del año 2022, logra saltarse los obstáculos previos y alzar un vuelo majestuoso que deja sin aliento a los espectadores que se arriesgan a ver esta maravilla de obra. Con recursos visuales que incitan al espectador a sumergirse en este marasmo de sensaciones, tan íntimas, verdaderos trances de creatividad, la cámara gira en todas direcciones con un ritmo de avance lento, sin esos saltos cuánticos que a veces desnaturalizan una obra fílmica. Las paredes no son impedimentos para que la imaginación y las notas que surgen en la mente de un genio musical, evadan los límites de las dimensiones físicas; Joe Arroyo, allí, en esa habitación, donde concibe sus piezas artísticas, es verdaderamente libre porque no tiene las ataduras del público. El tiempo es envolvente y su flujo es la posibilidad de explorar la realidad desde todas las formas de la percepción humana. El director está empeñado en imponer su punto de vista sin ignorar al personaje, tal como suelen hacerlo las películas biográficas. Esa obstinación creativa moldea un estilo en esta pieza cinematográfica a través de los colores oscuros entre interiores que explotan con los sonidos metálicos de las trompetas y de las teclas de ese piano que hace retumbar “Chelito” de Castro, cuando suena en ese cuartucho, “La rebelión”, tocado por músicos escogidos de modo personalizado por el maestro cartagenero, muerto en el año 2011. La escrupulosidad visual se impone en los detalles, las manchas en las paredes, el hongo del tanque del sanitario, esos pisos acabados y oscuros, el remolino de objetos que yacen esparcidos por el suelo, la cama destendida y poseedora de envolturas de cigariilos, frascos, cervezas, licores, las medias luces que apenas alumbran ese espacio sórdido son la vida del artista; lo constituyen a él en tanto son productos esenciales de su vida. No obstante, la claridad de las notas, fluyen de su cabeza sin ninguna mácula, lo vemos en algunas escenas memorables, cuando, de sus infiernos personales brotan sonidos que se hacen materia en la voz del “Joe”.

Su empeño por lograr la presencia plena de su África amada, invocándola desde las honduras más inescrutables a la realidad por medio de la música se puede apreciar en pleno en la escena de la grabación de “Rebelión”, en la que todos sus músicos de trabajo se reúnen. Todos tocan, suena el piano, luego los demás instrumentos, después Joe Arroyo canta, desgarrado, sudando, con el baile como su segunda piel. El cuarto coloreado de tonos rojos y marrones, es una gran concha acústica. De repente, el musico dice que todo ha quedado bien…Pero hay que repetirlo. El sudor de todos ellos no es suficiente para borrar esa intención del “Joe” de hacer una canción perfecta. Luego todo se va al carajo. Allí está: la lucha con el mundo reverdece otra vez. O está muy maduro para él o ya su tiempo se ha ido a habitar a otro lugar. Lo único que le importa es expresar sus sentimientos más íntimos de un modo veraz.

Su universo personal se había quedado en África. Por eso Joe Arroyo sentía el llamado de su pueblo como una condición de vida; la música, como su medio natural tenía que servirle para llegar a ella. Los estados alterados de conciencia los elaboraba con sonidos. Rúgeles nos propone mirar la vida del músico, no del personaje. Entre su existencia cotidiana y su música no hay diferencia. Los enredos de la burocracia vital, constituyeron frenos que distrajeron la creatividad y la apuesta de su vida hacia la posibilidad de encontrar sus  orígenes.

El actor John Narváez personaliza al personaje, lo hace suyo, lo trae a la vida física y le pone un cúmulo de sensaciones que se encarnan en cada uno de los movimientos, miradas, gestos que le incorpora.  Su actuación es digna de cualquiera de las mejores del año. Los libros: “El centurión de la noche” y “¿Quién mató a Joe?”, de el periodista bogotano Mauricio Silva, fueron el sustento investigativo con el cual, José Luis Rugeles, compone esta obra cinematográfica.

Lejos del tremendismo, la película, le rinde un homenaje a uno de los artistas musicales más importantes del continente, acercando la lente del espectador a los ojos de Joe Arroyo, por donde se va introduciendo hasta lo más recóndito de su alma. La intención, parece, no emitir juicios morales, ni reprobaciones estéticas, sino beber un poco del caudal de sensaciones vitales que conformaron la vida de un gran músico que sigue entre nosotros. “Rebelión”, puede abrir un camino distinto en el cine biográfico colombiano que de un modo u otro permita desmarcarnos del maniqueísmo con el que se ha tratado habitualmente. Las personas no pueden ser encorsetadas con rasgos de personalidad tipificados por el mercado fílmico. Hay que ponerse del lado de los personajes, sobre todo si están muertos, para rendirles un verdadero homenaje. Para ello, se necesitan: valor, locura y aburrimiento.

 

lunes, 9 de enero de 2023

 


Los reyes del mundo


De Laura Mora Ortega


Han cambiado los actores, pero el conflicto persiste, del mismo modo y en los mismos territorios. El cine que ha intentado mostrar esas realidades, en buena parte ha enfocado su mirada en situaciones problemáticas en las que los jóvenes se encuentran inmersos, porque no son protagonistas de un conjunto de sucesos a los cuales han sido arrastrados sin poder determinar el curso de esos acontecimientos, en su mayoría violentos. “Los reyes del mundo” de la directora nacida en Medellín, Laura Mora Ortega, continúa con esa tendencia que es producto de las condiciones sociales de nuestro país, pese a los esfuerzos de algunos líderes políticos de lograr una paz estable y duradera.

Esta obra cinematográfica ha recibido varios reconocimientos nacionales e internacionales, incluida la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián, en España. Su galardonado paso por el mundo es un esfuerzo estético importante de una mujer que ha querido mostrar la génesis del conflicto colombiano: la tenencia de la tierra. Los protagonistas de esta película son: Carlos Andrés Castañeda, Davison Flórez, Brahian Acevedo, Cristian Campaña y Cristian David Duque, cinco actores naturales que representan a cinco muchachos que salen de los extramuros de Medellín, debajo del metro, para emprender un viaje que busca llegar a Nechí, Bajo Cauca Antioqueño, con el fin de recibir por parte del Estado un pequeño predio que ha sido devuelto después de un despojo paramilitar, por medio de una sentencia judicial, luego de que la abuela de Ra, se la dejara en herencia. A la usanza de los road movie todo en el camino es una turbulencia de acontecimientos que dejan varias enseñanzas que convergen en la misma desazón, el hecho de que en Colombia no existe equidad. Ni la justicia ni la misma sociedad han emprendido un esfuerzo conjunto de equilibrar el modo de vida de los ciudadanos que habitamos el mismo país.

La película teoriza visualmente con la mezcla de felicidad y crueldad. La primera es una consecuencia de la segunda. Los personajes buscan paliar el dolor en los juegos que se inventan fruto de la compañía y de la necesidad de evaporar las penas con sus energías arrojadas al viento hasta que la tormenta llegue y se lleve tanta efusividad. Algunas escenas son condescendientes con el sufrimiento como el juego con las vacas que sueltan en medio de las mangas quebradas de esa Antioquia atrapada por los señores de la tierra, o los abrazos de las  meretrices rurales que aprietan a esos jóvenes en busca de consuelo, albergados en una casa desvencijada, con una bandera arqueada y descolorida y un escudo escuálido que cuelga de un pórtico estrecho, o esa hermosa secuencia del baño con manguera que trae el agua purificadora, con un fondo montañoso, mientras los cuerpos de estos niños se solazan a la intemperie. Y son los más humildes quienes les tienden la mano en ese penoso transitar por carreteras zigzagueantes, prendidos de las tractomulas que arrastran esas bicicletas desvencijadas. El anciano enjuto que los recibe en su humilde morada, les comparte un poco de comida y su techo y además les advierte sobre los peligros de aquel paisaje, gobernado por seres poderosos que pueden aparecer de pronto; como una especie de eremita se posa sobre lo alto de la colina para mostrarles el río que deben  cursar para llegar a su destino. Mientras aquellas personas que tienen algunas posesiones, haciendo funcionar la economía del territorio los desplazan, los segregan como parte de la dinámica productiva que los marginados no operativizan. Los hacendados los secuestran y los expulsan como parte de una política de ablandamiento social, haciendo uso de la fuerza física. Los dueños de la discoteca donde los jóvenes se embriagan saltando y bailando, los expulsan, les hacen saber que quienes mandan en aquel sitio son los lugareños y nada puede alterar el orden del territorio.

Finalmente, la funcionaria de la oficina de restitución de tierras transmite el mensaje estatal de inoperatividad. Ra, no puede entender la ineficacia de tanta tramitología ante un hecho que para él es evidente, su abuela lucho toda la vida por ese pedazo de tierra para que ahora no le reconozcan su derecho de habitarla como heredero natural, luego de que los paramilitares se la arrebataran con el fin de explotar el oro.

El mundo onírico de Ra es una necesidad espiritual que lo evade o le permite luchar con esa realidad tan envolvente. Su caballo blanco aparece en un lote entre dos calles de Medellín y detrás de un árbol de la rivera o en un sueño que impregna de misticismo la realidad de las calles de esa ciudad donde se ha naturalizado la violencia.

La película es una desenvoltura de sentimientos, de deseos insatisfechos propios de una voluntad edénica que no entiende de burocracia ni de razón instrumental. La única razón válida es el derecho natural de su abuela de poseer la tierra de la que fue expulsada. La conciencia de que la vida es efímera no mide el peligro. Por eso las peleas a puñal de aquellos jóvenes por una o por otra razón.  Ra, Sere, Nano, Winny y Culebro son cinco jóvenes marginados que solo se tienen entre sí. Ahí vive la grandeza del gran Víctor Gaviria con sus películas. Esos jóvenes son víctimas de la exclusión de la sociedad, que sufren el racismo, la marginación política y económica, que han aprendido a sobrevivir en la calle por el abandono estatal delegada por padres y madres ausentes.  Su naturaleza ha sido moldeada por el contexto en el que han vivido desde su nacimiento. Ese es su mundo.

 


jueves, 15 de diciembre de 2022

 

 

Huella y camino, Titán

Jorge Abel Carmona Morales




El 29 de enero del año 2017 se apagó la vida de Elkin Ramírez. Un hombre. La voz de miles de jóvenes que han visto un grado más de intensidad en uno de los ritmos musicales más innovadores, más auténticos y más insurgentes que haya dado la sensibilidad humana. El Rock. Elkin labró su carrera musical solo, invocando las buenas energías de amigos que lo acompañaron en el voraz camino de la creación artística, sin otra aspiración que la de transpirar hermosas letras y delicadas melodías que el normal fluir de la vida incorporó en su alma para devenir música en el irregular tránsito del espíritu por esta tierra. ¡Qué noble corazón transido de hermosura nos legó la vida! Apostó su tiempo y su energía por la elaboración parsimoniosa pero eficaz, de líricas sutiles y composiciones sonoras de agudezas inmortalizadas por el genio de estos ciento sesenta y tres centímetros de estatura. Porque la nobleza es eso. Entregarse sin condiciones a la única condición que dictamina la conciencia, buscar la felicidad colectiva develando las sutilezas que el universo desprende todos los días para que sus criaturas puedan lograr unos mínimos de convivencia posible. Se olvidó de sí. Pasó días interminables componiendo con el estómago vacío, pero con el alma llena de bellos sentimientos que han fluido en los acordes misteriosos de los instrumentos que dominó ¡Su voz es el pináculo del talento que compartió sin miramientos! Elkin, eres el rumor de las hojas de los árboles que conversan en la espesura de un bosque ceremonioso donde los titanes anhelan pisar tierra para reencontrarse contigo, Titan. Eres huella y camino, el recuerdo de un paso fugaz pero nutrido de creatividad, un fulgor que levanta fuegos de artificio en las ilusiones evanescentes de miles de jóvenes que aún no encuentran el sendero de vida.  Nobleza es eso. Luchar  contra todos en un país donde el arte está condenado a un cuarto oscuro, mientras los almidonados bolsillos de los dueños de todo dilucidan nuevas formas de ganar más dinero quedándose con la riqueza de la naturaleza y la cultura que  ha sido acumulada en pocas manos. La nobleza tuya dio lecciones invaluables a hombres y mujeres tocados por la superficie delicada de sus sueños, atacados por las obligaciones sociales, ignorados por los señores de la guerra. En este delirio de almas llamado Colombia, destacaste con tu música como un decorado de verdades incandescentes destinadas a cambiar una ética empobrecida por la precariedad espiritual y el mal gusto.  Tu perfeccionismo se convirtió en una lección para las nuevas generaciones; tus modales y tu exigencia, rindieron tributo a las buenas maneras y a la necesidad de hacer las cosas de otro modo, si queremos un mundo mejor. La nobleza de tu corazón inspiró esas poesías cantadas que han continuado la insistencia de ingeniosos bates, para que las personas no olvidaran jamás que el amor y la fraternidad deben anteponerse al intempestivo desborde de las pasiones y que su desenfreno incontrolado, atrae la muerte como un pasatiempo injustificado.   Titán, tú no te has ido. Renaces cada día con el oprobio del mundo. Eres nobleza pletórica de nuevas posibilidades donde la creatividad se dilata eternamente para que nadie olvide su misión en el mundo. Ensalzar la vida como el tesoro más preciado de todos aquellos que propalan la imaginación.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

El alma de las cosas

Jorge Abel Carmona morales


Silencio, Henry Füssli


Las cosas tienen alma. Refundimos nuestros pensamientos en el fondo de un cajón y luego, cuando los extraemos, sacamos también algo que ya no estaba. O mejor, sí estaba, pero de otro modo. No es que tengan otra consistencia, ni otro color, ni otro aroma. Sólo tienen un amasijo de recuerdos entremezclados que con el paso del tiempo aparecen extrañados para nosotros. Esa nostalgia de ver aquello que un día fue tan normal, que estuvo allí, al lado de nuestras horas casi sin tocarnos o que, tocándonos, no se hicieron notar, es un misterio. Tienen magnetismo. Ese paisaje de cosas es la constatación de que significan mucho para nosotros. No pueden estar al margen de nuestros días, pasan por la vida convirtiéndose en la nuestra.  Destapas la cajita nacarada de adminículos que has venidos acumulando en tu memoria, que han sido de tu madre o de tu tía o de tus hermanas mayores y desprenden un aroma de flores que murieron un día para renacer en el momento en que las citas para verlas. El tiempo se detiene, retoma un nuevo aspecto tan cercano en esos recuerdos permanentes, pero tan huidizos en esa plataforma de la memoria cercana. Se juntan todas las personas en un escenario de ojos que ven lo mismo que tú, pero que emanan impresiones distintas en quienes se atreven a levantar esa lapida inmortal de tus impresiones muertas. Sólo allí reconoces que el pasado tiene vida, que lo que llaman años idos es tan sólo la ratificación de que las cosas viven eternamente. Esa ciudad de muertos que se aparece en tu casa y birla el olvido, puede transportarte a la más intrépida de tus alegrías, o puede devolverte la capacidad de llorar sin que apenas lo sepas. O tal vez, pueda construirte un nuevo mundo al que preferirías irte a pasar el resto de tu vida.  Las cosas tienen vida. Son la vida de quienes se movieron contigo en la dimensión en donde decidiste pasar un momento a solas pero acompañado de almas que no te pidieron compañía y que te dieron su tiempo para compartirlo en un mal trago o en el más apoteósico de los instantes duraderos. Cuando ellas mueren, cuando no las ves y cuando destruyes su forma, distorsionas el pasado. Se achica o se agranda, se vuelve flexible como una varita de plástico delgada que no alcanzas a abarcar con tus manos. Así como las imágenes de las personas que quisiste y a las que has erigido como continuación de la materia que las cosas te regala, así has prolongado tu alma a través de los recuerdos.  Quizás una nueva vida no es cambiar de imagen sino cambiar de cosas. Asumir que las cosas no perpetúan mis recuerdos, deshacerse de ellas, es deshacerse de los otros. Esas cosas que vaciaron tu aliento hasta hacerlo un recuerdo, son el alma de lo que llaman vida.

 14 de diciembre del 2022 

martes, 6 de diciembre de 2022

 

El ruido sobre el estanque de patos


De Chris Smith


En el documental los autores tienen la oportunidad de expresar de modo más escueto las ideas que quieren mostrarle al público. Son confesionales, por eso conmueven, remueven y promueven una gama de sentimientos tan cercanos, tan íntimos, tan nuestros, que tal vez la ficción no puede. Las imágenes parecen tomadas de nuestra propia realidad. Comunican, son menos  mediación. Como el documental dirigido por Chris Smith, sobre la obra, la vida y la relación con su hijo del cineasta estadounidense Robert Downey Sr, un personaje tan original como los que describe en sus películas de bajo presupuesto, tan llenas de rebeldía. Títulos como “Putney Swope”, “Pound” o “Up the academy” fueron recibidas con entusiasmo por muchos críticos exigentes, no tanto por el gran público, que vio, en esas historias setenteras y en esos personajes bizarros, mensajes que nunca pudieron comprender.

La obra de este director adicto a la captura de imágenes espontáneas, obtuvo los suficientes adeptos como para que su nombre no quedara en el olvido y también le granjeó a las personas que supieron aplaudirlo y hasta quedarse a su lado para siempre como su primera esposa Elsie Ann, madre de sus dos hijos, incluido Robert Downey Jr. A este, su padre lo crio de un modo muy particular, más como un amigo de infancia que como su progenitor; lo inició en la adicción a las drogas ofreciéndole un cigarrillo de marihuana, en el momento en que su hijo probaba una copa de vino blanco; lo incorporó a los repartos de sus películas desde que éste apenas era un niño; le heredó ese humor negro tan característico de ambos que se refleja en cada una de sus películas. Lo curioso es que el viejo director, nunca tuvo el éxito que sí tuvo su hijo, pero su mundo cinematográfico siempre pudo expresarse de modo libre, su andadura por el arte tiene sus orígenes en cualquier imagen que su alma inconforme le mostraba. En el documental “Rittenhouse Square” podemos apreciar cómo el director se divierte filmando escenas en un parque con la libertad con la que un niño juega sin que nadie le interrumpa la alegría del atavismo infantil. De su vida llena de contrastes, el documental destaca las hermosas amistades que desarrolló con sus actores, la empatía que forjó con sus esposas y con sus hijos, pero sobre todo la personalidad descomplicada y atractiva para los demás, quienes nunca lo juzgaron. Su creatividad, estaba en el centro de su vida, una cámara como testigo de su mirada penetrante de la realidad que lo circunda. Como unas crías de patos que se pavonean en un estanque newyorkino mientras los edificios de la gran urbe intentan tragárselo todo; como el seguimiento de esas crías hasta que son adultas, en el mismo estanque y los ojos del director encima destacando las maravillas de las pequeñas alegrías que subsisten por debajo del glamour y la fama. A Robert Downey Sr, realmente le molestaba tanto protocolo, por eso cada vez que podía lanzaba sus dardos venenosos contra la gran industria cinematográfica. Lo hizo cuando tuvo la oportunidad de defender a su hijo por las acusaciones de adicción a las drogas y lo hizo con cada una de sus imágenes, sencillas, llenas de una gracia que sólo el ojo avizor de un artista es capaz de percibir.

Su obra es una colección de piezas independientes que nunca tuvieron los márgenes de taquilla suficientes para asegurar su siguiente proyecto. Vagabundos durmiendo en la calle, prostitutas callejeras, prisioneros deschavetados que luchan por ganarse un lugar en el mundo, son una serie de personajes salidos de cualquier parámetro. Las historias que contaba fueron creaciones propias, sin la intervención de productores capitalistas que pudieran trasquilarle sus ideas. Pero su principal obra fue la originalidad, el deseo de burlarse de todo sin pretensiones económicas ni publicitarias. Sus 20 años sumergido en la adicción a los estupefacientes, apenas le dieron respiro para expresar lo que había recopilado en su corazón durante tanto tiempo de oscuridad. El humor retorcido de sus películas estaba pintado de rebeldía juvenil que nunca pudo alejar de su vida.

La relación con su hijo estuvo llena de un profundo amor. La mezcla de huella artística e irresponsabilidad es palpable en las imágenes que el director del documental nos ofrece. Su hijo estaba siempre a su lado, de tal modo que el padre le pegó lo bueno y lo malo. Robert Downey Jr. es una prolongación artística de ese singular hombre que se fue a los 85 años en su natal Nueva York.  El último proyecto del viejo director es también el último suspiro de vida de todos quienes lo acompañaron en sus últimos momentos, presa final del Parkinson que lo aquejó durante la vejez. La robustez del padre es un testimonio de la valentía de un hombre por expresar libremente lo que veía, lo que pensaba. Así lo vieron sus allegados. Como un hombre sin pretensiones, pero con un talento enorme para captar la realidad menos trascendente, aquella que olvidamos por estar mirando hacia arriba.

El documental de nombre “Sr.” no es un homenaje infundado hacia el padre de una estrella de Hollywood. Es el homenaje a un hombre que labró su vida con plena libertad. Un personaje desencantado de sí. Alguien que supo burlarse de los otros porque ya estaba harto de burlarse de sí mismo.

 

lunes, 7 de noviembre de 2022

 

Sin novedad en el frente de Erich María Remarque




Ya son varias las adaptaciones cinematográficas que se han realizado de la novela: “Sin novedad en el frente”, escrita por el soldado de la primera guerra mundial, Erich Marie Remarque, cuyas vivencias en esa primera gran conflagración inspiraron las palabras que dieron vida a uno de los libros más influyentes del siglo XX. La de 1930, ganó todos los premios conferidos a las obras cinematográficas de la época, incluido el Óscar a la mejor película y a la mejor dirección.  Ahora tenemos la obra dirigida por Edward Berger y protagonizada por Félix Kammerer, quien en un convincente papel del soldado Paul Bäumer, nos regala una poderosa película que revive los horrores de la guerra y cómo se mantienen impresos en la conciencia de la humanidad.

El joven soldado Báumer, es seducido por las apologéticas palabras de un profesor que elogia las bondades de servir a la patria. Su entusiasmo rápidamente lo conduce a las trincheras occidentales en Europa, para darse cuenta al fin que tanta edulcoración oculta todo el dolor que implica meterse en las gargantas de la muerte. Todas las vivencias experimentadas por el soldado son declaradas como un solo sentimiento de miles de asesinatos de muchachos que nunca imaginaron que la alegría y el fervor que les inculcaron los líderes alemanes, eran funcionales a los intereses dirigenciales de políticos que pactaron un conflicto abstracto para ellos, mientras que, para los combatientes, se convirtieron en verdaderas tragedias sentidas en carne propia. La película trae una diferenciación de puntos de vista que se divide en tres partes: En primera instancia, los soldados recorren los campos empantanados, avistando al enemigo, y disparando hacia todos lados como máquinas que no tienen control. Paul mantiene intacto su amor por los amigos con los cuales se mete en esta guerra demencial; lentamente va descubriendo cuál era la verdad de aquello que le pintaron como un servicio al país. El director nos regla hermosas secuencias de acción violenta, en las que encontramos episodios dignos de rememoración. El fuego desperdigado sobre la humanidad de los soldados alemanes por parte de los soldados aliados mediante lanzallamas, potencian la locura de las acciones que los militares realizaron en los campos. La lucha cuerpo a cuerpo entre Paul y un contendiente francés, en el que el soldado alemán hiere a su adversario con varias puñaladas; luego el arrepentimiento que sufre   ante la vida que se extingue; las fotografías de su esposa e hija que extrae de su bolsillo, el intento por salvarle la vida y finalmente, la vida cegada por su propia mano; el llanto, la soledad de un hoyo en el campo mojado por la lluvia impregnada de sangre…

Por otro lado, los ingentes esfuerzos del político interpretado por Daniele Brühl, cuyo hijo murió en esa guerra, y que ahora intenta parar. No obstante, los aliados de la Primera Guerra Mundial, estaban decididos a lograr una abdicación total de Alemania. Más que una, buscaron la humillación que se prolongó hasta el año 2010, cuando esa potencia europea terminó de pagar sus onerosas indemnizaciones, producto del Tratado de Versalles de 1919. Edward nos muestra los afanes vindicativos de los vencedores. El director es enfático en el botín que se obtuvo luego de esta demencial guerra: sólo se corrieron unos metros las trincheras en el frente occidental, pero en cambio murieron más de cincuenta millones de personas.

Por último, las egocéntricas palabras patrioteras de un general alemán, no sabemos con certeza si es Ludendorff o Hindenburg, en las que, recluido en su ostentosa casa, junto a su perro a quien le da trozos de pollo, reflexiona sobre los esfuerzos que todo verdadero alemán debe entregar por una Nación poderosa. Esa prepotencia mezclada con el chauvinismo de los germanos, antes y durante la Primera Guerra mundial, se aunó a la humillación que padecieron por la venganza consignada en el tratado de Versalles y crearon el monstruo de otra guerra pavorosa que fue catalizada por la grandilocuencia y las pretensiones redentoras de un megalómano como Hitler.

Las poderosas escenas creadas por el director, evitan la melosería reflexiva que condenan la guerra con sentimentalismos audiovisuales. Por el contrario, hace uso de artificios que funcionan bien, como los silencios y los ruidos de relámpagos que anuncian el inicio de la guerra. La película no pretende ser una obra más de un episodio histórico que se encuentra en los anaqueles de una biblioteca, sino un conjunto de emotivas imágenes que permiten las reflexiones más profundas del sentido que tienen estos hechos para el ser humano. ¿Es la guerra parte de la naturaleza humana? ¿Se puede humanizar el horror que produce esta serie de actos tan crueles? ¿Tiene sentido exponer a tanta gente a la muerte para obtener una porción de territorio?

Por encima de todo, el director quiere mostrarnos las vivencias de hombres que han sido llevados allí, a los campos de la muerte donde se libra una guerra, sin saber, tal vez, las causas de ésta. El dolor en el rostro, las laceraciones, la mirada contaminada por los fuegos artificiales que producen los cañones, el paso de los tanques por los suelos mientras los soldados son destripados, son la verdadera guerra. No la de los políticos o generales que planifican en el papel como las estrategias que diseñan llevan a más jóvenes a la muerte.

El 11 de noviembre de este año,  nos recuerda los 93 años de haber terminado la Primera Guerra Mundial, y sigue hundiendo en nuestras mentes el fantasma de una nueva conflagración.